La sociedad ha evolucionado y, la forma de ver la diversidad, también.
Hace ya muchos años, allá por la edad antigua, la inexistencia de las ciencias tales como la psicología entorpecían la explicación del desorden del comportamiento humano. Afirmaban que aquellas personas que ahora se consideran neurodiversas eran seres infernales o estaban poseídos por el demonio, por lo que no debían ser sujetos activos de la sociedad ni recibir educación. La edad media supuso un avance, aún limitado, en estos aspectos; pese a que estas personas fueran consideradas mano de obra en circos o incluso sometidos a hogueras y castigos.
El salto de la exclusión a la segregación vino en torno al S.XX con la obligatoriedad de la enseñanza y la construcción de los primeros centros de educación especial a las afueras de las ciudades. Con ello, la especialización de los servicios y la categorización de las diferentes necesidades educativas (además de perfiles profesionales como el maestro de pedagogía terapéutica).
Las críticas hacia este planteamiento no tardaron en llegar, pues fueron muchas familias y entidades las que se cuestionaban por qué tenían que estar en centros diferenciados. Fue así como muchos niños pasaron a las escuelas ordinarias con sus respectivos apoyos, dando paso a la etapa de la integración, y se reestructuró parte del sistema. Pero, ¿por qué los niños tienen que estar en aulas diferenciadas? ¿Por qué estando en la misma aula se encuentran en una esquina haciendo otra actividad diferente a la de sus compañeros?
Ahora mismo, nuestro sistema, se plantea alcanzar los objetivos de una inclusión educativa. Un planteamiento que da la bienvenida a la diversidad, que habla de ajustes en el sistema y en la aplicación de un Diseño Universal del Aprendizaje, donde dar a cada uno lo que necesita y no ofrecer un único patrón de enseñanza.
En Asturias, por ejemplo, la modalidad de docencia compartida es obligatoria. Los profesionales de atención a la diversidad intervenimos en el aula de referencia con una previa anticipación de los objetivos de trabajo. Se construyen las actividades valorando las barreras individuales de aquellos alumnos por los que se interviene, pero también teniendo en consideración las problemáticas grupales. Es decir, todos realizan la misma actividad con sus respectivos ajustes.
Es importante centrarse en eliminar o suavizar todas aquellas barreras para la presencia, participación, acceso y aprendizaje que están presentes en las escuelas y que impiden ser y estar a nuestro alumnado; con independencia de que esas necesidades (o, como dirían Both y Ainscow, barreras) sean permanentes o transitorias.
Y, además, tan importante es trabajar para el acceso a la educación y a los saberes del alumnado con Necesidad Específica de Apoyo Educativo, como reforzar la sensibilización hacia la aceptación de la diversidad.
Porque sí, para aprender a aceptar la diversidad, hay que convivir con ella.

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