No necesitas 20 herramientas de IA para empezar el curso. Necesitas un sistema.

Tengo una carpeta de favoritos llamada “IA para probar”.

No recuerdo cuándo la creé, pero dentro hay herramientas para hacer presentaciones, generar actividades, crear imágenes, resumir documentos, convertir textos en vídeos y fabricar cuestionarios. También hay algunas cuyo propósito ya no sabría explicar. Seguramente parecían revolucionarias cuando guardé el enlace.

De vez en cuando abro la carpeta, miro todo lo que hay y la vuelvo a cerrar.

Supongo que a más de un docente le pasa algo parecido. Ves una aplicación nueva, alguien comparte un ejemplo estupendo en X y piensas: “Esto me puede venir bien para clase”. Creas una cuenta, haces una prueba rápida y guardas la herramienta para cuando tengas tiempo de aprender a utilizarla.

Ese momento suele coincidir con el día en que ordenas todos los cables del cajón.

Mientras tanto, se acerca septiembre. Hay que preparar las primeras clases, organizar materiales, pensar actividades iniciales y recordar dónde guardaste la programación del curso pasado. Tienes veinte herramientas de inteligencia artificial a tu disposición, pero sigues sin saber cuál abrir.

Igual la solución no pasa por encontrar una más.

La herramienta nueva siempre parece la buena

Probar aplicaciones tiene algo entretenido. En pocos minutos puedes crear una presentación bastante vistosa, transformar un tema en un juego de preguntas o generar una imagen de Cervantes utilizando una tablet.

No sé si alguna clase necesita esa última imagen, pero poder se puede.

El problema aparece cuando cada tarea comienza con una búsqueda: “¿Qué herramienta sirve para hacer esto?”. Antes de preparar una rúbrica investigas tres aplicaciones, ves dos tutoriales y terminas registrándote en una plataforma que te pide el nombre del centro, el número de alumnos y probablemente tu grupo sanguíneo.

Cuarenta minutos después tienes una rúbrica. Tampoco es mucho mejor que la que habrías preparado con una tabla.

Las herramientas pueden ahorrar bastante trabajo, pero aprenderlas, compararlas y cambiar continuamente de una a otra también ocupa tiempo. Y hay otro pequeño inconveniente: cada una funciona de una manera diferente. Lo que aprendes en una no siempre sirve para la siguiente.

Por eso creo que, al empezar, compensa utilizar pocas. Una herramienta general de IA puede cubrir buena parte de las tareas habituales: proponer actividades, adaptar textos, preparar borradores, crear ejemplos, revisar instrucciones o ayudarnos a ordenar ideas.

Cuando aparezca una necesidad que esa herramienta no resuelva bien, tendrá sentido buscar otra. Hasta entonces, quizá podamos sobrevivir sin conocer las 48 novedades de esta semana.

Antes de escribir un prompt

Hay una pregunta bastante sencilla que intento hacerme antes de abrir la IA:

¿Qué necesito resolver?

No “qué puedo hacer con inteligencia artificial”, porque entonces todo acaba pareciendo una oportunidad para utilizarla. Me refiero al problema concreto que tengo delante.

Puede ser que necesite preparar una evaluación inicial que no ocupe toda la sesión. O adaptar un texto para un alumno que tiene dificultades de comprensión. Quizá quiera buscar otra forma de explicar un contenido porque la que utilicé el curso pasado funcionó regular. Siendo generosos.

Definir bien la tarea evita muchas conversaciones inútiles con la IA. También permite descubrir que a veces no hace falta utilizarla. Si ya tengo una actividad que funciona y solo necesito cambiar dos preguntas, lo más rápido es cambiar las dos preguntas.

Una vez tengo claro el problema, intento darle el contexto necesario. La IA puede saber mucho sobre ecuaciones, literatura medieval o ecosistemas, pero no conoce mi grupo. No sabe cuánto dura la clase, qué hemos trabajado antes, qué recursos tenemos ni que ese día hay educación física justo antes y el alumnado llegará con una energía difícil de recoger en una rúbrica.

Sin esos datos suele generar materiales correctos, aunque algo genéricos. Una actividad para todo el mundo y para nadie en particular.

No hace falta escribir un prompt de dos páginas. Normalmente basta con explicar el curso, la materia, el objetivo, el tiempo disponible y alguna característica importante del grupo. Yo añadiría también el formato que necesitamos. No es lo mismo pedir “ideas para trabajar la lectura” que solicitar una actividad de veinte minutos para 4.º de Primaria, basada en un texto breve y que termine con una conversación por parejas.

Cuanto más clara sea la situación, menos tiempo tendremos que dedicar después a arreglar la respuesta.

Generar es la parte rápida

La IA tarda unos segundos en preparar una actividad. Nosotros podemos tardar bastante más en decidir si sirve.

Ese reparto del tiempo me parece razonable.

Al revisar el resultado, suelo fijarme en cosas muy normales: si el nivel es adecuado, si las instrucciones se entienden, si la información es correcta y si todo eso cabe de verdad en una clase. Esto último se le suele dar especialmente mal.

Le pides una actividad para treinta minutos y te propone una lectura, un debate, trabajo en grupos, una presentación final y una reflexión individual. Al parecer, en el lugar donde viven las inteligencias artificiales las transiciones no ocupan tiempo y nadie tarda siete minutos en decidir quién escribe en la cartulina.

También conviene comprobar si la propuesta se parece a algo que nosotros haríamos. A veces el resultado es correcto, pero no encaja con nuestra forma de trabajar o con ese grupo concreto. Se puede ajustar, pedir otra versión o aprovechar solo una parte.

No pasa nada por descartar una respuesta. La IA no se ofende. De momento.

Lo útil es tratar lo generado como un borrador. Puede ahorrarnos el comienzo, que muchas veces es la parte más pesada, pero todavía necesita una revisión docente. No porque tengamos que demostrar que sabemos más que la máquina, sino porque somos quienes conocemos la clase en la que se va a utilizar.

Un ejemplo bastante corriente

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Imaginemos que quiero preparar una evaluación inicial de Matemáticas para 5.º de Primaria.

Podría pedir: “Crea una evaluación inicial de Matemáticas para 5.º”. Algo saldrá. Seguramente tendrá bastantes ejercicios y un aspecto muy formal.

Pero antes de escribir conviene decidir para qué quiero esa evaluación. A mí quizá me interesa comprobar cálculo básico, comprensión de problemas y estrategias de razonamiento. Tengo treinta minutos y no quiero poner una nota. Solo necesito detectar desde dónde empieza el grupo.

Con esa información, puedo pedir una primera propuesta. Después revisaré las preguntas, eliminaré las que no aporten demasiado y ajustaré el vocabulario. A lo mejor añado una actividad que ya utilizo todos los años porque me permite ver cómo explican sus decisiones.

Cuando termine, guardaré dos cosas: la evaluación final y el prompt que me ha servido para crearla. El próximo curso no tendré que reconstruir todo el proceso. Cambiaré el nivel, los contenidos que quiera observar y algún detalle más.

Eso ya se parece bastante a un sistema.

La misma secuencia sirve para otras tareas. Primero aclaro qué quiero conseguir, después aporto el contexto, genero un borrador, lo reviso y guardo lo que pueda reutilizar. No tiene mucho misterio, pero evita abrir una herramienta diferente cada vez.

La parte menos emocionante: guardar las cosas

Generar materiales resulta más atractivo que organizarlos. Por eso acabamos con actividades bastante buenas enterradas en conversaciones tituladas “Nuevo chat”.

Si un prompt ha funcionado, merece un lugar donde podamos encontrarlo. Lo mismo ocurre con una estructura de actividad, una rúbrica o una forma de adaptar textos que ya hemos revisado.

Puede ser una carpeta, un documento o cualquier sistema que no nos obligue a recordar qué hicimos un martes de octubre a las once y cuarto de la noche. Tampoco hace falta montar una base de datos con dieciséis etiquetas y códigos de colores. Si organizar el sistema lleva más tiempo que usarlo, hemos creado otra afición.

Yo guardaría, como mínimo:

  • Los prompts que utilizo con frecuencia.

  • Algún ejemplo de resultado que me haya gustado.

  • Las indicaciones que suelo repetir.

  • Los materiales finales, ya revisados.

  • Una pequeña nota cuando algo no ha funcionado.

Esta última parte viene bien. Dentro de seis meses no recordaré por qué dejé de utilizar una actividad. Solo veré un documento aparentemente correcto y pensaré: “Qué bien está esto, no sé por qué nunca lo usé”. Había un motivo. Siempre lo hay.

Guardar y reutilizar es donde empieza a notarse el ahorro. La primera vez quizá tardes casi lo mismo que antes. En la segunda ya tienes una estructura y en la tercera solo necesitas ajustar algunos datos.

Un sistema bastante pequeño

Para empezar el curso con IA no hace falta preparar una central de operaciones. Con una herramienta que conozcamos, algunos prompts útiles, un lugar donde guardarlos y una rutina de revisión puede ser suficiente.

Más adelante podremos añadir aplicaciones específicas. Quizá una nos venga especialmente bien para crear presentaciones o adaptar documentos. Perfecto. Se incorpora porque resuelve una necesidad que ya tenemos, no porque alguien haya escrito “BRUTAL” en la miniatura de un vídeo.

Me parece una diferencia importante. Cuando buscamos herramientas sin una tarea concreta, terminamos acumulándolas. Cuando partimos de nuestro trabajo diario, elegimos mejor y aprendemos a sacar más partido a lo que ya usamos.

También reducimos esa sensación de estar siempre llegando tarde. Es imposible mantenerse al día de todas las novedades de inteligencia artificial. Mientras aprendes una, han salido cuatro y otra ha cambiado de nombre.

Por suerte, preparar una buena actividad sigue dependiendo de cuestiones bastante conocidas: qué queremos que aprenda el alumnado, qué necesita para conseguirlo y cómo vamos a saber si lo ha entendido. La IA puede ayudar con varias partes del proceso, pero no hace falta perseguir cada novedad para utilizarla bien.

Por qué he preparado el Kit IA

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El Kit IA para empezar el curso nace precisamente de esta situación. Durante las primeras semanas aparecen muchas tareas parecidas y no tiene demasiado sentido comenzar todas desde una conversación en blanco.

He reunido prompts y recursos organizados para situaciones reales del inicio de curso. La idea es que puedas utilizarlos como punto de partida, adaptarlos a tu grupo y guardar las versiones que mejor te funcionen.

No pretende enseñarte todas las herramientas disponibles ni convertirte en experto en inteligencia artificial durante un fin de semana. Bastante tienes ya con averiguar cuándo es la primera reunión de claustro.

Puedes montar tu propio sistema poco a poco, claro. Si prefieres empezar con parte del trabajo ordenado, aquí puedes consultar el Kit:

👉 https://eduki.com/es/2148247?isExternalSource=Copy

Yo, mientras tanto, debería revisar aquella carpeta de favoritos.

Aunque seguramente acabaré creando otra llamada “IA para probar de verdad”.

Etiquetas: educacion primaria , inteligencia artificial, IA educativa, ia educacion, prompts, herramientas digitales, herramientas ia

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