SANACUENTOS
Había una vez una niña grande —porque a veces crecer no quita lo de niña— que descubrió algo muy especial en el silencio.
Todo empezó en un momento en el que el mundo se detuvo. Las calles callaron, los relojes parecían ir más despacio y, en medio de ese paréntesis llamado 2020, ella se encontró con un lápiz en la mano y el corazón abierto. Sin saber muy bien cómo, comenzó a escribir… y de sus palabras nació su primer cuento: La familia camaleónica.
No lo sabía aún, pero en esas páginas había sembrado una semilla.
Los años pasaron, y aquella semilla fue creciendo despacito. A veces con sol, otras veces con viento. La niña grande seguía escribiendo, creando, compartiendo… mientras su pequeño rincón en el mundo cambiaba de forma, de nombre, de colores. Como si también fuera un camaleón buscando su verdadera esencia.
Y entonces llegó otro momento importante: el año 2024.
Un tiempo en el que la vida decidió hablarle más alto.
A través de distintas experiencias, la niña grande empezó a sentir heridas que no siempre sabía nombrar. Heridas que aparecían en lugares inesperados: en vínculos, en decisiones, en silencios… y también en su propio corazón.
Hubo días en los que se sentía a la defensiva, como si tuviera que protegerse de todo.
Otros días, en cambio, encontraba una calma profunda, como si todo estuviera bien tal y como era.
A veces se perdía en el ruido del ego… y otras, lograba volver a su esencia, a ese lugar suave y verdadero donde todo cobra sentido.
Y fue en medio de ese vaivén donde ocurrió algo mágico.
Un día, casi sin buscarlo, apareció una palabra: Sanacuentos.
La niña grande la miró… y algo dentro de ella hizo “clic”.
Porque entendió que no solo escribía cuentos.
Entendió que cada palabra que nacía de ella la ayudaba a sanar.
Que escribir no era solo crear… era volver a casa.
Desde entonces, empezó a escuchar más su intuición.
Esa vocecita que susurra bajito pero claro.
Esa que le permite ver más allá de lo evidente, sentir el mundo desde un lugar profundo, único, suyo.
Y así fue como comenzó a descubrir algo aún más grande:
Que la vida, con todo lo que trae —lo bonito y lo incómodo—, es profundamente maravillosa.
Que cada persona que aparece en el camino tiene un regalo, incluso cuando duele.
Que gracias a los demás, podemos vernos: en nuestras defensas, en nuestra calma, en nuestro ego… y en nuestra esencia.
Porque, al final, todo está conectado.
Y en ese descubrir, la niña grande empezó a volver a lo sencillo.
A lo primitivo.
A lo natural.
A pasear despacio por la orilla del mar, sintiendo cómo el agua le hablaba sin palabras.
A mancharse las manos de arcilla, recordando que también ella podía moldearse, una y otra vez.
A escribir desde el alma, sin prisa, sin exigencia… solo siendo.
Y así, entre letras, naturaleza y silencios, nació este espacio.
Sanacuentos.
Un lugar donde las historias no solo se leen…
se sienten.
se reconocen.
y, poquito a poco…
también sanan. 🌿✨
Si quieres seguir leyendo más historias con alma, puedes encontrarme en Instagram como @sanacuentos
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